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La autoestima de los padres: una base para ayudar a sus hijos a amarse a sí mismo

La autoestima se construye en la infancia, con la mirada y el reconocimiento del otro y principalmente en la interacción con nuestros padres, a través de la manera de ser que tienen ellos con nosotros.

Es el área más difícil de restaurar en la vida adulta cuando ha sido lastimada en la infancia.  Nos afecta en todas nuestras relaciones, en nuestras elecciones de vida, en nuestra manera de vivir, de ser, estar y actuar en el mundo.

Por lo tanto,  es imprescindible ayudar a los niños a construir su autoestima de la manera más sana posible porque de eso dependerá su manera de relacionarse, de vivir y de elegir en la vida.

Sin embargo, no podemos dar lo que no tenemos. Si en mi jardín siembro naranjas, y el vecino toca a mi puerta para pedirme limones, no puedo dárselos, porque sencillamente no los tengo. Del mismo modo, si no me amo a mi mismo, no podré enseñar a mis hijos a amarse ellos mismos.

Para ayudar a nuestros hijos a construir una autoestima positiva, es importante recordar que nosotros como padres estamos continuamente modelando el amor a nosotros mismos y el amor hacia ellos. Modelamos a través de nuestro comportamiento, de nuestra actitud hacia la vida, de nuestros hábitos y de nuestra manera de relacionarnos con los demás.

Por lo tanto este artículo más que proporcionar consejos sobre como desarrollar la autoestima de su hijo, es una invitación a reflexionar sobre como es la relación que establecemos con nosotros mismos y con los demás y a partir de ello, ajustar o crear un entorno en el que nuestros hijos puedan desarrollarse emocionalmente lo mejor posible.

Con una autoestima adecuada podemos:

  • Conocernos mejor a nosotros mismos: Estamos en contacto con nosotros mismos, con nuestras emociones. Conocemos nuestras limitaciones y nuestras habilidades. Tenemos metas, planes de acción y objetivos.  Podemos tomar decisiones.
  • Aceptarnos como somos: Nos aceptamos tal como somos entendiendo que somos capaces de mejorarnos a nosotros mismos, así que nos mantenemos permanentemente en crecimiento.
  • Aceptar las cosas como son: Aceptamos las cosas y los acontecimientos de la vida como discurren,  manejando y canalizando nuestras emociones de frustración, rabia o tristeza de la mejor manera posible. No arremetemos ni con nosotros ni con los demás, porque las cosas no salen como queremos.  Confiamos en que aunque las cosas no son como quisiéramos, algo mejor va a venir.
  • Ser capaces de amar plenamente y de sentirnos amados: Establecemos relaciones a largo plazo, de honestidad, compromiso, confianza e intimidad.
  • Creer en uno mismo: Creemos que somos capaces y que podemos llevar a cabo los proyectos que queremos hacer.
  • Creer que nuestro valor está en nuestro interior no en el exterior:  Estamos conscientes y claros de que las cosas externas no definen quienes somos. No valemos más por ser más prestigiosos o tener más cosas. Nos define nuestra manera de SER y ACTUAR en el mundo.
  • Ser flexibles:  Nos damos el permiso de equivocarnos sin que esto sea un drama. (porque nuestra autoestima al ser estable no se lastima  si el resultado de lo que hago no es como yo quiero). Nos damos el permiso de cambiar de opinión, si es necesario.
  • Experimentar relaciones armoniosas que fluyen: Nos vinculamos con los demás en relaciones armoniosas, respetando la individualidad del otro. No establecemos relaciones de poder, en la que ejercemos el control sobre el otro, o lo sometemos a nuestra voluntad o criterio como si éste fuera el único existente.
  • Aceptar el punto de vista del otro: Tener la razón no significa valer más. No tenemos la necesidad imperiosa de entrar en conflictos o discusiones para  imponer nuestro criterio o punto de vista sobre el otro y convencerlo de que tenemos la razón. Respetamos la percepción de las cosas que tiene cada persona, la manera de pensar del otro y abrimos nuestra mente a otras opiniones.
  • Asumir la responsabilidad de nuestra vida adulta: Entendemos que somos responsables de crear las condiciones y el entorno para satisfacer nuestras necesidades  básicas, afectivas y económicas.  Nos asumimos como adultos responsables de proporcionarnos a nosotros mismos el bienestar y la prosperidad que queremos. Nadie más lo puede hacer por nosotros.

Como nos asumimos, no culpamos a los demás de lo que nos pasa, ni tenemos expectativas sobre ellos. No exigimos o demandamos que nos proporcionen lo que nosotros mismos podemos proporcionarnos.

  • Valorar a los demás: Cuando nuestra autoestima es sana, no criticamos ni juzgamos a los demás. No necesitamos descalificar y rebajar al otro,  para entonces situarnos por encima. Sabemos que nos definimos por lo que somos, no en función de lo que el otro es.
  • Cuidar nuestra comunicación:  En nuestra comunicación con los demás, incluida en la de los niños, somos cautelosos con nuestra manera de dirigirnos a ellos. Cuidamos las palabras que vamos a utilizar, preservando la dignidad de la otra persona, siendo respetuosos y empáticos con el otro.
  • Cuidarnos a nosotros mismos: Entendemos el valor que tenemos y atendemos nuestras necesidades a nivel físico, afectivo, relacional y espiritual.

Tenemos hábitos de vida saludables. (alimentación, higiene, cuidado personal, ejercicio…)  No nos exponemos al peligro. No permanecemos en situaciones o relaciones que nos hacen daño y que lastiman nuestra dignidad. Entendemos que si algo no nos conviene, a pesar de quererlo mucho, tenemos que dejarlo ir.

Somos capaces de poner limites a los otros asertivamente y límites a nosotros mismos para llevar a cabo los cambios que necesitamos hacer.

  • Crear lazos afectivos saludables: Somos capaces de crear auténticas relaciones. No desarrollamos una personalidad dependiente afectivamente. No dependemos del otro o de las circunstancias externas para ser feliz o para darle un sentido a nuestra vida,  por lo tanto, la otra persona es libre de irse cuando ella quiera y esto no significa necesariamente que le hemos dejado de importar.

No permanecemos en relaciones tóxicas por miedo a estar solos.

No dependemos de la valoración, aprobación o reconocimiento de los demás. Nuestras acciones están motivadas por el genuino deseo de realizarnos como seres humanos, no para que el otro nos valide, nos acepte o nos apruebe.

Cuando contamos con estos recursos personales, nos convertimos en adultos capaces de acompañar al desarrollo de los niños. Estando conscientes de nuestra manera de ser, de lo que nos lastima, de nuestras limitaciones, de las cosas que podemos mejorar, de nuestras fortalezas,  nos hacemos  más sensibles a la vulnerabilidad  y fragilidad emocional de los niños. Pero el primer niño que hay que atender, es aquel que todos llevamos dentro y que asoma y a veces interfiere en nuestra vida adulta.

 

Escrito por: Isabella Paz


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